Ermita del Calvario

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A finales del siglo XV e inicios del siglo XVI en el Piamonte surgen los sacromontes, llamados también calvarios, una de las realidades devocionales más bellas y originales del catolicismo. Estos centros devocionales se convirtieron en lugares de peregrinaje y meditación, lugares donde se reprodujeron, en distintas escalas y contextos, a imitación de los Santos Lugares los pasajes de la Pasión del Señor.

La sensibilidad que mueve el espíritu de los sacromontes o calvarios es la propia de las comunidades franciscanas que los inspiraron. Cada sacromonte proponía una recreación nostálgica – y al tiempo popular – de los Santos Lugares de Palestina, a los que era difícil acceder a finales del siglo XV, debido a la expansión de los turcos otomanos en los antiguos territorios de Bizancio. A finales del siglo XVI, tras el Concilio de Trento, se potenció la capacidad catequizadora de los calvarios. Cada uno de ellos sirvió como instrumento para canalizar el fervor colectivo y las formas piadosas de la religiosidad popular.

La tradición de los viacrucis y los sacromontes se difundió por Europa, contribuyendo a la difusión, por la sensibilidad expresada por las imágenes y representaciones religiosas, de la nueva espiritualidad salida de los decretos de reforma del Concilio de Trento.

La primera noticia sobre el Calvario de Nules, conocida hasta la fecha, corresponde al año 1690. En la visita pastoral celebrada el 23 de octubre del mencionado año queda constancia de como el visitador inspeccionó la capilla del “Montis Calvarii” de Nules “et in venit bene”. Ello hace del Calvario de esta población uno de los más primitivos de la antigua diócesis de Tortosa.

El Calvario se hallaba situado en el llano, a las afueras de la población, junto al antiguo camino de la Vilavella, a la altura del barranco de la Serraleta y ocupaba una amplia finca, de forma rectangular, rodeada con una pared de mampostería y de una extensión aproximada a las dos hectáreas.

Al fondo, desplazada hacia el lado izquierdo se hallaba la capilla del Calvario, a cuyo lado derecho tenía adosada la casa del ermitaño y frente a ésta el pozo o cisterna. En la capilla se custodiaban las imágenes del Crucificado, Nuestra Señora y San Juan.

La capilla, de planta rectangular, cubierta con bóveda de cañón y tejado a dos vertientes. Cuidados esgrafiados revisten tanto la bóveda como el friso que rodea perimetralmente todas las paredes interiores de la capilla; dichos esgrafiados guardan una estrecha relación con los que decoran la iglesia de la Sangre de Nules y los de la iglesia parroquial de Mascarell. La fachada, con una portada adintelada, sobre la que se sitúa un pequeño óculo oval, se remata con una cornisa sobre la que se halla la espadaña.

En el siglo XVIII se elevó una nueva planta a la casa del ermitaño.

En el recinto, plantado de cipreses y olivos, se distribuían las 14 estaciones del Vía Crucis, incrustadas en robustos pilares cuadrados rematados en chapitel de teja; junto a la entrada se ubicaban siete hornacinas con los retablos de azulejo alusivos a los siete Dolores de Nuestra Señora.

Durante la Cuaresma, los domingos por la tarde, se subía desde la iglesia arciprestal hasta el calvario en procesión llevando un crucifijo cubierto con un paño morado; allí tenia lugar el rezo del viacrucis delante de las estaciones correspondientes.

A primera hora del Viernes Santo, se procesionaba el Nazareno hasta el Calvario donde se rezaba el Viacrucis, al llegar a la séptima estación, el predicador de la Cuaresma, desde el balcón de la casa del ermitaño pronunciaba el sermón de las Siete Palabras, mas conocido como “sermó del Calvari”.

El tercer día de Pascua los niños de la población subían, acompañados por sus padres, al Calvario para la tradicional merienda de la “mona”.

Durante la persecución religiosa el Calvario fue desacralizado transformándolo en campo de cultivo, destruyendo la totalidad de las estaciones del Vía Crucis pero conservando la ermita y casa del ermitaño.

En los años cuarenta Regiones Devastadas reconstruyó los pilares de las antiguas cruces en las que colocó placas de terracota de la Ceramo, con la representación de las catorce estaciones; la elegante espadaña que había sido destruida fue sustituida por otra de menores dimensiones y traza más simple.

A mediados de los años setenta, se solicitó al Obispado la cesión de parte de los terrenos del Calvario para que, bajo ciertas condiciones, se construyera en ellos la residencia de ancianos de Nuestra Señora de la Soledad.

Desde esa época en el recinto del Calvario se compagina su función devocional con la social de asistencia a los ancianos.

Vicent Felip Sempere, Cronista Oficial de la Vila

 

 Bibliografía:

Torres, 1994, pp. 237-239; Gil, 2004, p.442.